DISCIPLINA, VIOLENCIA Y  CONVIVENCIA EN LAS AULAS

Nos encontramos ante una oleada de sensacionalismo mediático que, partiendo de realidades coyunturales o anecdóticas, pretende generalizar una sensación de desarme, impotencia y caos que justificaría la imperiosa necesidad de retomar viejos modelos disciplinarios como única vía hacia la normalidad académica.

Se postula la vuelta a un apolítica de rigor y mano dura en la aplicación de las normas y sanciones en aras de restituir  al profesorado la autoridad que se presupone perdida. Aplicando un  mínimo de rigor crítico a este análisis nos encontramos con graves contradicciones.

En primer lugar, el supuesto clima de violencia que se encuentra en las aulas es un tímido reflejo de la violencia social y familiar que sufre parte del alumnado, violencia, a veces, potenciada por los modelos culturales dominantes. Parece ingenuo y a todos luces imposible solucionar el problema solamente con el empleo de medidas disciplinarias.

En segundo lugar, deberíamos convenir que parte de los casos de indisciplina son protagonizados por un porcentaje de alumnado que, anteriormente, estaba marginado del sistema educativo y que con la ESO acceden al mismo. No es fácil encontrar solución a la problemática de estos sectores, cercanos a veces a la delincuencia juvenil, cuando el entorno socio-familiar no responde.

Otro elemento a considerar es la demanda social que se desprende de nuestro actual ordenamiento legislativo, cuando se encomienda al sistema educativo la formación de una ciudadanía crítica y responsable, capaz de analizar la realidad en la que vive para incidir sobre ella transformándola y mejorándola. Y ello se traduce en un mandato de educar e instruir. La triste realidad es que se dedican espacios y tiempos mínimos a la educación, mientras que la casi totalidad de esfuerzos se dedican a una instrucción académica tradicional que no ayuda en las tareas formativas y educativas de la futura ciudadanía.

Finalmente, es innegable que en el actual sistema educativo existen y se aplican normas, faltas y sanciones. Pero el modelo se pervierte cuando su aplicación no va acompañada de una labor educativa y de reflexión sobre las conductas. Si no ponemos en práctica esto último, el agresor acaba sintiéndose víctima y potenciaremos personas resentidas e inadaptadas que se rebelan contra el orden social y académico dominante. La potenciación de las tutorías, la reducción de ratios, la intervención tutorial compartida, la asamblea de aula, de nivel o de ciclo, la implicación de madres y padres, la figura del mediador escolar como mecanismo de resolución de conflictos...son algunas medidas ya experimentadas con éxito. Todas ellas requieren más recursos y financiación; a largo plazo sería más barato, justo y productivo invertir en educación. No está de más recordar al respecto que países como Francia o Alemania nos superan en un 79 y 81% respectivamente en inversión educativa.